Hacía un
tiempo que ya era de noche, lo único que no cuajaba en la ecuación era el calor
que hacía respecto a lo temprano que anochecía, estaba siendo un otoño caluroso
y solo los árboles y el atardecer parecían haberse dado cuenta en qué estación
del año estaban. Había que empezar a cerrar el negocio. Miró las sillas de
rueda, las prótesis, las muletas y el resto de aparatejos, ortopédicos. Levantó
la cabeza de la pantalla de la computadora y se preguntó cómo de baterista mediocre
terminó siendo un baterista mediocre que trabajaba vendiendo ortopedia y
recordó sus decisiones. Sonrió.
Se levantó de
detrás del escritorio, fue hasta el interruptor del motor de la persiana, lo
accionó y empezó a bajar con el mismo ruido metálico de siempre. Se fijó si le
quedaban cigarrillos y tuvo un momento breve de alegría al ver que sí, el día
parecía terminar bien. De un armario que estaba al fondo del local agarro la
puerta de hierro, las llaves y su chaqueta de cuero. De ahí se iría al bar
irlandés de Roque Saens Peña. No sabía
bien porque, pero no conocía lugar en el mundo en el que no existiera al menos
un bar irlandés. Tenía muchas ganas de tomar tanto como sus ganas pudieran
soportar. Los excesos eran, al fin de cuentas, lo que le permitía sentirse a
gusto con todo.
Sacó la puerta
por el hueco de la persiana, se puso la chaqueta de cuero y salió agachado.
Miró a ambos lados, acto reflejo que le permitió ver un solo transeute que
caminaba acercándose a unos metros. Colocó la puerta en el hueco de la persiana
con la dosis justa de destreza u fuerza que tiene alguien que estuveo haciendo
lo mismo por años. Apuró lo que quedaba del procedimiento de cierre, las ganas
de fumar y beber empezaban a llenarle la cabeza.
Terminó de
sacar la llave de la cerradura y justo en el momento que se levantó sintió un
dolor intenso en la espalda, cayó primero de rodillas al suelo para desplomarse
luego de sentir otro golpe, sobre su
lado izquierdo. Se tomó instintivamente la espalda. Pudo ver una sombra de un
hombre, la luz de un cigarrillo colgado de la boca y un palo que bajaba
directamente sobre su cuerpo, el instinto volvió a manifestarse y se cubrió la
cabeza, transformándose en una especie de bola humana, sintió múltiples y
rápidos golpes en el cuerpo hasta que en algún momento pudo perder la consciencia.
Las mesas del
bar estaban llenas, la música sonaba de fondo, fuerte como para darle ambiente
al lugar, no tanto como para que los diálogos que iban y venían pudieran tener algun
destino. Estaba en la puerta tratando de
mirar hacia el fondo a ver si la veía. Ines siempre lo había fascinado. Menuda,
morocha poseía esos ojos almendrados que parecían iluminar, de a ratos, todo lo
que la rodeaba. La había conocido, si
conocerla era algo posible, en un mercado barrial los dos haciendo fila para
comprar pescado. No recordaba bien como había sido el primer comentario,
tampoco quien lo había hecho. La cuestión es que, pescado en heladera mediante,
almorzaron juntos.
Empezó a
caminar entre las mesas, esquivando personas y bandejas. Como a primera vista
no la vio fue a la barra a pedirse una cerveza, negra, tirada y guiness. Levanto la pinta hasta la altura de sus ojos,
solo para contemplar un rato la espuma, cremosa y fina. Bebió, ese primer sorbo
de cerveza, ese que te recuerda porqués.
La había amado con tanta intensidad como
necesidad de dejarla luego, sin dejarla.
Nunca había conocido ni conoció luego una mujer que pudiera abalanzarse
sobre los excesos con tanta soltura y con tanta belleza, así como al otro día
volvía a ser la profesional parca, hiper responsable y depresiva, todo era ella. Salían de bares hasta el desmayo, tenían sexo
hasta el agotamiento, y al día siguiente
todo parecía haberse esfumado, desaparecido. Por eso, por todo y por nada, se
dejaron sin dejarse de querer.
Ines estaba al
fondo, sentada en una mesita redonda, acompañada de un hombre. Lo vio con su
pinta de guinnes y levantó la mano saludándolo al mismo tiempo que hacía
ademanes para que se acercara. El la vio
y empezó a caminar hacía ellos, sabía de
que se iba a tratar la noche, y su cariño por ella era más fuerte que el
sentimiento de pérdida que tenía.
Cuando estaba
cerca, pudo obeservarla, siempre vivaz, siempre inquieta, siempre con un vaso
de Cointreaux con hielo. Cuando se acercó lo suficiente Ines saltó de la mesa y fue a abrazarlo tanto
que quedó colgada de su cuello, claramente no estaba tomando su primer Cointreaux,
y le dio un gran beso en la mejilla.
- Vení, te presento este es Diego – dijo mientras lo arrastraba del brazo.
Diego se
levantó de la mesa y, en ese momento embarazoso en donde el saludo queda entre
medio de un beso o de un apretón de
manos, se dieron las manos con la fuerza justa como para demostrar personalidad,
no mucha, no poca, la calculada.
Se sentaron
los tres en la mesita, Cointreaux para Ines, cerveza para el resto.
- ¿Te conté que Diego es músico? – dijo mientras le tomaba de la mano. No entendía bien porque necesitaba su aprobación, o tal vez sí, sobre todo de él que había sido lo más cercano a alguien que había tenido.
Diego se rió.
- No, no necesariamente. Soy un ex baterista que no acepta su condición de ex, que tampoco asumió su condición de baterista, que a pesar que trabajo acá a la vuelta en una casa que vende Ortopedia, sigo tocando la batería en una banda homenaje de Spinal Tap. – Volvió a reír y levantó la pinta de cerveza insinuando un brindis al cual el resto de los comensales se plegaron.
El tiempo
pasaba, las risas ya hacía un rato que habían dejado de tener un porque, sólo sucedían
con la frecuencia de las pintas que iban
vacías y volvían llenas. La vida del que vende ortopedia y el humor negro que
lo acompañan hacían llevadera la noche.
Ya empezaba a
ser momento de fumar y salió a la vereda a prender un cigarrillo. Pensó en que de seguir así las leyes en cualquier momento
tendría que fumar en Marte.
A pesar de la
altura del año, el clima era agradable, debería estar congelándose y sin
embargo ahí estaba fumando mirando como pasaban los autos y tratando de
descifrar todo aquello a lo que él se exponía. Porque era exponerse, exponer su
mirada, exponerse a la mirada de ella a su necesidad de aceptación, exponerse
al escrutinio de Diego que no esperaba la aprobación sino que no le rompiera
las pelotas con eso. Exponerse a volver más solo que ayer a su casa. La soledad
era casi como una droga, sin ella no podía estar, pero con ella se sentía
morir.
Era hora de
volver a su soledad, mañana había que trabajar, aunque dormir antes de trabajar
desde hacía un tiempo a la parte ya no era una necesidad.
En los cinco
minutos que salió del bar a fumar y volvió nada se había modificado, todo
seguía en su lugar, el tiempo solo podía percibirse si se prestaba atención a
la posición de las meseras, el resto estaban todos en el mismo lugar.
Volvió a la
mesa esquivando, una vez más, personas de todo tipo, bandejas colmadas de vasos
llenos y no tanto. Encaró lo más directo posible, en un momento pudo observar
una mujer que lo miraba, pensó en ir a hablar con ella, pensó demasiado y
siguió caminando.
- Hoy Diego toca en un bar cerca de acá, ¿por qué no te venís con nosotros? – Los ojos de Diego se posaron sobre ella, había un dejo de enojo por esa invitación
- No, Ines, no te enojes, pero me voy – había sido suficiente, y pudo ver como se relajaba el rostro de Diego, claramente una salida de a tres no estaba dentro de sus planes.
Le entristecía
dejarla sola a Ines, era de esas mujeres que son como las drogas todo lo
potenciaban, su risa sobre todo, y sabía lo vulnerable que era cuando tomaba.
Saludó a los
dos, con Ines se abrazaron, no sin sentir la mirada de Diego detrás. Dejó, a
pesar de las protestas de ambos, unos pesos para pagar su parte y algo más, el
10% de la propina. Era un cultor del 10% de propina, sabía lo que era trabajar
de mozo con un salario miserable a la espera de una buena propina para
equilibrar las cuentas. Al salir encendió un cigarrillo miró a ambos lados de
la calle de un solo sentido, el asfalto estaba húmedo, seguía habiendo gente
caminando
-
Esta ciudad no descansa más – hizo ese comentario entre dientes y filtro de
cigarrillo
Caminó hasta Av.
Santa Fe, y luego siguió caminando perdido entre los pensamientos, las pocas
ganas de dormir y las muchas de disiparse. Tan metido en si mismo estaba que
terminó por llegar directamente al
trabajo. Le dolían los pies.
Revisó si todavía
tenía cigarrillos, y sí le quedaban, por lo menos hasta el mediodía. Entró a la
fábrica y fue directo al vestuario que estaba al fondo del galpón a ponerse el
overol. Todavía estaban los del turno noche.
- Buen día – Le dijo el capataz
- Buenos días Gerardo
Gerardo lo miró pasar, sabía que tenía más condiciones y conocimiento
que cualquiera que estuviese en la planta, inclusive que el gerente de
operaciones. No pertenecía a donde estaba, ni a lo que hacía. Pero para ese
momento hacía tiempo que había dejado de preguntarle y preguntárselo.
Simplemente habían entablado una buena relación en la que a veces se apoyaba
para alguna decisión, o para tomar unas copas de vino luego del fin de jornada.
Las inyectoras de plástico seguían trabajando y el cambio de turno
sucedió sin inconvenientes. El día no era distinto de ayer, difícilmente lo
sería de mañana.
Y el día terminó, sin penarlo y tampoco sin gloria. Se pidió algo, se
consiguió lo que se solicitó. Simplemente eso, y era eso lo que quería y había
buscado. Salió de la fábrica justo antes que empezara a anochecer. Pensó en
caminar de nuevo al departamento, siempre le daba tremenda pereza tomar dos
colectivos, así que negoció consigo mismo, el resultado fue salomónico se
tomaría un solo colectivo y caminaría las veinticinco cuadras restantes.
Como el día, se subió al colectivo en forma mecánica y se bajo de él de
la misma forma, recién ahí se percató que del sol ya no quedaba rastro, no
había más claridad que la que brindan los faroles de la calle entre las hojas
de los arboles, entre las sombras de las sombras.
Caminaba y fumaba, pensaba y reflexionaba divagando entre ideas que
adrede las transformaba en inconclusas, el esfuerzo mental consistía en poder
abandonarlas antes que llegaran a alguna parte.
Ya a una cuadra pudo ver la sombra de alguien sentado en la entrada del
edificio, ese escalón generalmente estaba ocupado por linyeras, por parejas,
por pobres, por adolecentes, pero en este caso había alguien sentado con las
rodillas abrazadas y la cabeza entre ellas, se
podía ver a distancia la agitada respiración del que llora.
Ines levantó la cabeza cuando intuyo a alguien cerca, al darse cuenta
quien era, dio un salto y se colgó de su cuello. Se abrazaron.
Sin hablar entraron al edificio, Ines seguía con la cabeza gacha,
mirando el suelo, con una timidez que no era de ella, era de otro tipo.
Ya en el ascensor pudo verle los moretones en la cara. Iba a
preguntarle pero en el reflejo del espejo sus ojos de ira se encontraron con
los de Ines que pedían, en ese momento,
otra cosa.
- Inés sería bueno que te bañaras y comieras algo- ella movía la cabeza, despacio, de arriba hacia abajo. La abrazó, una vez más, y así siguió subiendo el ascensor.
El ascensor llegó al piso destino, abrieron la puerta tijera y
salieron, ninguno de los dos encendió la luz del palier, entre las penumbras
que entraba desde la ventana traslucida, se fueron guiando hasta el
departamento.
Ines no esperó a que encendiera las luces del departamento, fue
directamente al baño y encendió la ducha, se sacó la ropa y la dejo sobre el inodoro. Luego de correr
la cortina empezó a bañarse.
Los minutos que le parecieron horas y horas que parecían un instante,
apagó la ducha, respiró hondo y apartó la cortina. Lo pudo ver parado en la
puerta del baño con una toalla blanca en la mano y un cigarrillo colgando de
los labios. La desnudez entre ellos no era una novedad, pero nunca se había
sentido tan desnuda y transparente como ese momento, no podía ocultar los
moretones en el cuerpo ni en el rostro. Ahora no solo le dolían físicamente.
Cuando salió de la bañadera pudo sentir los brazos de él envolviéndola
con la toalla, su menudo cuerpo quedaba totalmente cubierto y de repente ya no
sentía nada distinto a eso. Sólo se dejó llevar hasta el living donde había una
taza de té humeante y un plato de galletas.
- ¿Sabías que esas galletas son las que había en la casa de mis abuelos en latones gigantes? – con una sonrisa trató de hablar de algo, solo pudo ver esos ojos que la miraban y ascendían. – Que queres que te diga, en realidad quisiera contarte. Pero, no, mejor no, mejor esta noche no. Solo quiero descansar, al laburo ya avise que ni hoy ni mañana voy. – y terminó por preguntar - ¿me puedo quedar acá con vos?
Mientras se dejaba caer en el sillón y miraba por la ventana esa
oscuridad a medias, casí mediocre, que gobiernan las ciudades.
- Ines, no hace falta ni que lo preguntes – se acercó y le beso la frente.
Le trajo una
remera y la ropa interior del baño, a los pocos minutos de haber tomado el té y
comido algunas galletas de hojaldre se quedó dormida. Horas de no sueño, horas
de angustias, todo se había relajado de repente. La levantó, no fue un gran
esfuerzo, siempre fue menuda, pero esa noche no parecía pesar. La llevo hasta
el cuarto y la arropó en su cama. El reloj marcaba las siete treinta. Era
temprano, pensaba que estaba a tiempo. Fue al armario y sacó una campera negra
que usaba para caminar cada tanto, dejó sus documentos en la mesa de luz y solo
tomó unos pesos para pagarse un taxi de ida y otro de vuelta. Siempre había
sido muy malo para manejar la ira, pero esa noche se sentía especialmente
tranquilo en su furia. Debajo de la mesa de luz había un cartón abierto de
cigarrillos, tomó un atado y lo guardo junto con un encendedor en la campera.
La miró a Ines un rato corto y le dio otro beso en la frete antes de salir del
departamento.