viernes, 1 de junio de 2012

Cigarrillos Vol 7


Hacía un tiempo que ya era de noche, lo único que no cuajaba en la ecuación era el calor que hacía respecto a lo temprano que anochecía, estaba siendo un otoño caluroso y solo los árboles y el atardecer parecían haberse dado cuenta en qué estación del año estaban. Había que empezar a cerrar el negocio. Miró las sillas de rueda, las prótesis, las muletas y el resto de aparatejos, ortopédicos. Levantó la cabeza de la pantalla de la computadora y se preguntó cómo de baterista mediocre terminó siendo un baterista mediocre que trabajaba vendiendo ortopedia y recordó sus decisiones. Sonrió.

Se levantó de detrás del escritorio, fue hasta el interruptor del motor de la persiana, lo accionó y empezó a bajar con el mismo ruido metálico de siempre. Se fijó si le quedaban cigarrillos y tuvo un momento breve de alegría al ver que sí, el día parecía terminar bien. De un armario que estaba al fondo del local agarro la puerta de hierro, las llaves y su chaqueta de cuero. De ahí se iría al bar irlandés de Roque Saens Peña.  No sabía bien porque, pero no conocía lugar en el mundo en el que no existiera al menos un bar irlandés. Tenía muchas ganas de tomar tanto como sus ganas pudieran soportar. Los excesos eran, al fin de cuentas, lo que le permitía sentirse a gusto con todo.

Sacó la puerta por el hueco de la persiana, se puso la chaqueta de cuero y salió agachado. Miró a ambos lados, acto reflejo que le permitió ver un solo transeute que caminaba acercándose a unos metros. Colocó la puerta en el hueco de la persiana con la dosis justa de destreza u fuerza que tiene alguien que estuveo haciendo lo mismo por años. Apuró lo que quedaba del procedimiento de cierre, las ganas de fumar y beber empezaban a llenarle la cabeza.

Terminó de sacar la llave de la cerradura y justo en el momento que se levantó sintió un dolor intenso en la espalda, cayó primero de rodillas al suelo para desplomarse luego de sentir otro golpe,  sobre su lado izquierdo. Se tomó instintivamente la espalda. Pudo ver una sombra de un hombre, la luz de un cigarrillo colgado de la boca y un palo que bajaba directamente sobre su cuerpo, el instinto volvió a manifestarse y se cubrió la cabeza, transformándose en una especie de bola humana, sintió múltiples y rápidos golpes en el cuerpo hasta que en algún momento  pudo perder la consciencia.

Las mesas del bar estaban llenas, la música sonaba de fondo, fuerte como para darle ambiente al lugar, no tanto como para que los diálogos que iban y venían pudieran tener algun destino.  Estaba en la puerta tratando de mirar hacia el fondo a ver si la veía. Ines siempre lo había fascinado. Menuda, morocha poseía esos ojos almendrados que parecían iluminar, de a ratos, todo lo que la rodeaba. La había conocido,  si conocerla era algo posible, en un mercado barrial los dos haciendo fila para comprar pescado. No recordaba bien como había sido el primer comentario, tampoco quien lo había hecho. La cuestión es que, pescado en heladera mediante, almorzaron juntos.

Empezó a caminar entre las mesas, esquivando personas y bandejas. Como a primera vista no la vio fue a la barra a pedirse una cerveza, negra, tirada y guiness.  Levanto la pinta hasta la altura de sus ojos, solo para contemplar un rato la espuma, cremosa y fina. Bebió, ese primer sorbo de cerveza, ese que te recuerda porqués.

La  había amado con tanta intensidad como necesidad de dejarla luego, sin dejarla.  Nunca había conocido ni conoció luego una mujer que pudiera abalanzarse sobre los excesos con tanta soltura y con tanta belleza, así como al otro día volvía a ser la profesional parca, hiper responsable y depresiva, todo era ella.  Salían de bares hasta el desmayo, tenían sexo hasta el agotamiento,  y al día siguiente todo parecía haberse esfumado, desaparecido. Por eso, por todo y por nada, se dejaron sin dejarse de querer.

Ines estaba al fondo, sentada en una mesita redonda, acompañada de un hombre. Lo vio con su pinta de guinnes y levantó la mano saludándolo al mismo tiempo que hacía ademanes para que se acercara.  El la vio y empezó a  caminar hacía ellos, sabía de que se iba a tratar la noche, y su cariño por ella era más fuerte que el sentimiento de pérdida que tenía.

Cuando estaba cerca, pudo obeservarla, siempre vivaz, siempre inquieta, siempre con un vaso de Cointreaux con hielo. Cuando se acercó lo suficiente  Ines saltó de la mesa y fue a abrazarlo tanto que quedó colgada de su cuello, claramente no estaba tomando su primer Cointreaux, y  le dio un gran beso en la mejilla.

-           Vení, te presento este es Diego – dijo mientras lo arrastraba del brazo.

Diego se levantó de la mesa y, en ese momento embarazoso en donde el saludo queda entre medio de un beso o  de un apretón de manos, se dieron las manos con la fuerza justa como para demostrar personalidad, no mucha, no poca, la calculada.

Se sentaron los tres en la mesita, Cointreaux para Ines, cerveza para el resto.

-           ¿Te conté que Diego es músico? – dijo mientras le tomaba de la mano. No entendía bien porque necesitaba su aprobación, o tal vez sí, sobre todo de él que había sido lo más cercano a alguien que había tenido.

Diego se rió.

-           No, no necesariamente. Soy un ex baterista que no acepta su condición de ex, que tampoco asumió su condición de baterista, que a pesar que trabajo acá a la vuelta en una casa que vende Ortopedia, sigo tocando la batería en una banda homenaje de Spinal Tap. –  Volvió a reír y levantó la pinta de cerveza insinuando un brindis al cual el resto de los comensales se plegaron.

El tiempo pasaba, las risas ya hacía un rato que habían dejado de tener un porque, sólo sucedían con la frecuencia de las pintas  que iban vacías y volvían llenas. La vida del que vende ortopedia y el humor negro que lo acompañan hacían llevadera la noche.

Ya empezaba a ser momento de fumar y salió a la vereda a prender un cigarrillo. Pensó en que  de seguir así las leyes en cualquier momento tendría que fumar en Marte.

A pesar de la altura del año, el clima era agradable, debería estar congelándose y sin embargo ahí estaba fumando mirando como pasaban los autos y tratando de descifrar todo aquello a lo que él se exponía. Porque era exponerse, exponer su mirada, exponerse a la mirada de ella a su necesidad de aceptación, exponerse al escrutinio de Diego que no esperaba la aprobación sino que no le rompiera las pelotas con eso. Exponerse a volver más solo que ayer a su casa. La soledad era casi como una droga, sin ella no podía estar, pero con ella se sentía morir.

Era hora de volver a su soledad, mañana había que trabajar, aunque dormir antes de trabajar desde hacía un tiempo a la parte ya no era una necesidad.

En los cinco minutos que salió del bar a fumar y volvió nada se había modificado, todo seguía en su lugar, el tiempo solo podía percibirse si se prestaba atención a la posición de las meseras, el resto estaban todos en el mismo lugar.

Volvió a la mesa esquivando, una vez más, personas de todo tipo, bandejas colmadas de vasos llenos y no tanto. Encaró lo más directo posible, en un momento pudo observar una mujer que lo miraba, pensó en ir a hablar con ella, pensó demasiado y siguió caminando.

-           Hoy Diego toca en un bar cerca de acá, ¿por qué no te venís con nosotros? – Los ojos de Diego se posaron sobre ella, había un dejo de enojo por esa invitación

-           No, Ines, no te enojes, pero me voy – había sido suficiente, y pudo ver como se relajaba el rostro de Diego, claramente una salida de a tres no estaba dentro de sus planes.

Le entristecía dejarla sola a Ines, era de esas mujeres que son como las drogas todo lo potenciaban, su risa sobre todo, y sabía lo vulnerable que era cuando tomaba.

Saludó a los dos, con Ines se abrazaron, no sin sentir la mirada de Diego detrás. Dejó, a pesar de las protestas de ambos, unos pesos para pagar su parte y algo más, el 10% de la propina. Era un cultor del 10% de propina, sabía lo que era trabajar de mozo con un salario miserable a la espera de una buena propina para equilibrar las cuentas. Al salir encendió un cigarrillo miró a ambos lados de la calle de un solo sentido, el asfalto estaba húmedo, seguía habiendo gente caminando

-           Esta ciudad no descansa más –  hizo ese comentario entre dientes y filtro de cigarrillo

Caminó hasta Av. Santa Fe, y luego siguió caminando perdido entre los pensamientos, las pocas ganas de dormir y las muchas de disiparse. Tan metido en si mismo estaba que terminó por  llegar directamente al trabajo. Le dolían los pies.

Revisó si todavía tenía cigarrillos, y sí le quedaban, por lo menos hasta el mediodía. Entró a la fábrica y fue directo al vestuario que estaba al fondo del galpón a ponerse el overol. Todavía estaban los del turno noche.

-           Buen día – Le dijo el capataz
-          Buenos días Gerardo
Gerardo lo miró pasar, sabía que tenía más condiciones y conocimiento que cualquiera que estuviese en la planta, inclusive que el gerente de operaciones. No pertenecía a donde estaba, ni a lo que hacía. Pero para ese momento hacía tiempo que había dejado de preguntarle y preguntárselo. Simplemente habían entablado una buena relación en la que a veces se apoyaba para alguna decisión, o para tomar unas copas de vino luego del fin de jornada.

Las inyectoras de plástico seguían trabajando y el cambio de turno sucedió sin inconvenientes. El día no era distinto de ayer, difícilmente lo sería de mañana.

Y el día terminó, sin penarlo y tampoco sin gloria. Se pidió algo, se consiguió lo que se solicitó. Simplemente eso, y era eso lo que quería y había buscado. Salió de la fábrica justo antes que empezara a anochecer. Pensó en caminar de nuevo al departamento, siempre le daba tremenda pereza tomar dos colectivos, así que negoció consigo mismo, el resultado fue salomónico se tomaría un solo colectivo y caminaría las veinticinco cuadras restantes.

Como el día, se subió al colectivo en forma mecánica y se bajo de él de la misma forma, recién ahí se percató que del sol ya no quedaba rastro, no había más claridad que la que brindan los faroles de la calle entre las hojas de los arboles, entre las sombras de las sombras.

Caminaba y fumaba, pensaba y reflexionaba divagando entre ideas que adrede las transformaba en inconclusas, el esfuerzo mental consistía en poder abandonarlas antes que llegaran a alguna parte.

Ya a una cuadra pudo ver la sombra de alguien sentado en la entrada del edificio, ese escalón generalmente estaba ocupado por linyeras, por parejas, por pobres, por adolecentes, pero en este caso había alguien sentado con las rodillas abrazadas y la cabeza entre ellas, se  podía ver a distancia la agitada respiración del que llora.

Ines levantó la cabeza cuando intuyo a alguien cerca, al darse cuenta quien era, dio un salto y se colgó de su cuello. Se abrazaron.

Sin hablar entraron al edificio, Ines seguía con la cabeza gacha, mirando el suelo, con una timidez que no era de ella, era de otro tipo.

Ya en el ascensor pudo verle los moretones en la cara. Iba a preguntarle pero en el reflejo del espejo sus ojos de ira se encontraron con los de Ines que pedían, en ese momento,  otra cosa.

-          Inés sería bueno que te bañaras y comieras algo-  ella movía la cabeza, despacio, de arriba hacia abajo. La abrazó, una vez más, y así siguió subiendo el ascensor.

El ascensor llegó al piso destino, abrieron la puerta tijera y salieron, ninguno de los dos encendió la luz del palier, entre las penumbras que entraba desde la ventana traslucida, se fueron guiando hasta el departamento.

Ines no esperó a que encendiera las luces del departamento, fue directamente al baño y encendió la ducha, se sacó la ropa  y la dejo sobre el inodoro. Luego de correr la cortina empezó a bañarse.

Los minutos que le parecieron horas y horas que parecían un instante, apagó la ducha, respiró hondo y apartó la cortina. Lo pudo ver parado en la puerta del baño con una toalla blanca en la mano y un cigarrillo colgando de los labios. La desnudez entre ellos no era una novedad, pero nunca se había sentido tan desnuda y transparente como ese momento, no podía ocultar los moretones en el cuerpo ni en el rostro. Ahora no solo le dolían físicamente.

Cuando salió de la bañadera pudo sentir los brazos de él envolviéndola con la toalla, su menudo cuerpo quedaba totalmente cubierto y de repente ya no sentía nada distinto a eso. Sólo se dejó llevar hasta el living donde había una taza de té humeante y un plato de galletas.

-           ¿Sabías que esas galletas son las que había en la casa de mis abuelos en latones gigantes? – con una sonrisa trató de hablar de algo, solo pudo ver esos ojos que la miraban y ascendían. – Que queres que te diga, en realidad quisiera contarte. Pero, no, mejor no, mejor esta noche no. Solo quiero descansar, al laburo ya avise que ni hoy ni mañana voy. – y terminó por preguntar - ¿me puedo quedar acá con vos?
Mientras se dejaba caer en el sillón y miraba por la ventana esa oscuridad a medias, casí mediocre, que gobiernan las ciudades.

-           Ines, no hace falta ni que lo preguntes –  se acercó y le beso la frente.
Le trajo una remera y la ropa interior del baño, a los pocos minutos de haber tomado el té y comido algunas galletas de hojaldre se quedó dormida. Horas de no sueño, horas de angustias, todo se había relajado de repente. La levantó, no fue un gran esfuerzo, siempre fue menuda, pero esa noche no parecía pesar. La llevo hasta el cuarto y la arropó en su cama. El reloj marcaba las siete treinta. Era temprano, pensaba que estaba a tiempo. Fue al armario y sacó una campera negra que usaba para caminar cada tanto, dejó sus documentos en la mesa de luz y solo tomó unos pesos para pagarse un taxi de ida y otro de vuelta. Siempre había sido muy malo para manejar la ira, pero esa noche se sentía especialmente tranquilo en su furia. Debajo de la mesa de luz había un cartón abierto de cigarrillos, tomó un atado y lo guardo junto con un encendedor en la campera. La miró a Ines un rato corto y le dio otro beso en la frete antes de salir del departamento.

miércoles, 18 de abril de 2012

Cigarrillos Vol 6


En las ciudades siempre están en conflicto aquellas fuerzas que buscan homogeneizarlo todo y los singulares que tratan de mostrar un camino diferente, único. Oscar pensaba que estaba, como siempre le habían dicho, predestinado a cambiar la nada misma en algo que ilumine el horizonte, y al final nunca lo había logrado.

El tren empezaba a frenar, se escuchaba el chirrido al tiempo que  los pocos  que estaban parados tensionaban las piernas y apretaban más las manos sobre las barandas para evitar perder el equilibrio. ¿Acto reflejo, acto aprendido? Daba igual ya había llegado.

Bajó del tren y se volvió a poner la campera, empezaba el otoño, y del bolsillo interno sacó el paquete de cigarrillos y el encendedor, frenó y mientras algunos pasaban por su lado, puso el cigarrillo en la boca, hizo un cuenco con las dos manos y encendió una pequeña llama, lo suficiente para empezar la brasa del cigarrillo. Aspiró, exhaló una bocanada de humo y comenzó a caminar de nuevo.

La estación ya estaba vacía de los que habían llegado, era sábado y tardaría en  llenarse de los que pronto saldrían.

Hacía meses, ya no recordaba si años, que los sábados desayunaba en el mismo lugar. Una vez pasó por ahí de casualidad, encontró un barsucho más chico que el de Don Pepe, no más de seis metros de profundidad, un mostrador y dos mesas chicas contra una pared de azulejos blancos de quince por quince, le recordaba a los baños de la casa de su abuelo. Los resultados de las carreras y de la lotería estaban siempre de fondo, y estaba, por ejemplo, Don Mario que a las 10 empezaba con un poco de ginebra, para calentar el espíritu según él. Mario era la prueba viviente que en algunos casos la medicina fallaba, casi noventa años, fumando, bebiendo y feliz de poder hacerlo.

Se había encariñado con ese grupo de viejos mal hablados, puteadores, bebedores y jugadores. Eran como modelos a seguir, un futuro de cascarrabias insufribles que se quieren entre ellos. Estaba Humberto que leía el diario al mismo tiempo que maldecía en voz alta y subrayaba para poder editarle las noticias al que siguiera.

Un día entró en el bar un tal Oscar, en ese momento pidió un café, a la semana siguiente volvió y al tiempo ya era parte del medioambiente, al tiempo confesó que lo primero que quería hacer era tomar ginebra con Don Mario, lo había visto al pasar, pero al principio se controlo por vergüenza.

Mientras caminaba hacia el bar esperaba que Oscar este. Ese tipo que en todo está dentro del promedio, edad, estatura, peso,  vestimenta, todo salvo la calvicie que era ya total, había logrado  generar en el resto de los que participaban de la mesa de los sabados un gran aprecio.  La última vez había vuelto a estar mal, agobiado por sus fantasmas, por esa sensación de haber fallado lo que tenia dado a hacer. Luego lograba reprimir eso para salir de nuevo con su historia.

Oscar, hombre de unos cuarenta y tantos años, había logrado lo que la mayoría de las personas intentan sin lograrlo, vivir sin trabajar. Había recibido una herencia a repartir entre él y sus hermanos y lo que le quedó, además de un departamento en Maipú y Corrientes lleno de libros, fue una modesta fortuna, lo suficientemente modesta como para no salir corriendo a patinarla y lo suficientemente fortuna como para vivir sin sobresaltos. Los hermanos de sus respectivas y modestas fortunas lograron hacer fortunas a secas. Pero de sus hermanos Oscar no hablaba a menudo

-           Para una buena administración de la riqueza lo importante es manejar la relación costos beneficio, hay que estar siempre cuerdo y planificar lo que se gasta – decía mientras le daba pequeños sorbos al pocillo de café. – Vivir sin trabajar necesita un gran esfuerzo – Y se reía, en forma franca, abierta.

Oscar siempre tuvo que hacer cosas,  estudió, se recibió, trabajó, fracasó en el trabajo, lo volvió a intentar para fracasar nuevamente, y como todos le decían que era bueno escribiendo y como además había leído mucho, empezó a escribir, para seguir sin lograr nada. Luego fallecieron los padres. Luego se dedicó a hacer lo que mejor sabía hacer, leer y pasarla bien.  Una vez fueron al departamento a pasar la tarde luego de estar la mañana en el café. Las paredes del piso de Corrientes y Maipu no se veían ya que era todo una gran biblioteca, excepto por un rincón donde estaban las botellas de whisky.

Bajó por las escaleras de la estación del tren, a unos metros ya estaba el café, entró y se apoyo sobre la barra, sin decir nada ya tenía el café en jarrito sobre la mesada de metal y una medialuna en un plato de hojalata. Luego de tomar café saludo al resto. El silencio era algo que se respetaba.

Oscar llego al rato, se alegró  de verlo. Sobre todo porque llegó con los ojos chispeantes, algo venía a contar, le conocía lo suficiente para darse cuenta que estaba ansioso. Tomo un café con leche.

- Voy a editar mi libro – dijo mientras bajaba la tasa, había tomado el último sorbo del café con leche. No terminó de dejarla sobre la mesada cuando todos los del café se levantaron como resortes para felicitarlo y darle palmadas en la espalda.

 Estaban contentos, todos

Encendió un cigarrillo, a esa hora a nadie importaba que fumara. Pidió otro café largo. Tambien estaba contento siempre pensó que cuando la vida le regala algo a alguien, se lo merezca o no, hay que agradecerlo y estar feliz. Luego están los que no les regala nada y para ellos solo existe el merecimiento.

-           Conseguí una editorial que me lo publicará, ¿no es para festejar?. – Y soltó una carcajada que llenó el lugar. – Esta semana me avisaron.- se dio vuelta mirando al resto que empezaban a sentarse en sus respectivos, e inmutables lugares – y cuando haga la presentación les aviso a todos para que vengan – y agregó – cuando sea famoso, no se preocupen que voy a seguir viniendo y los voy a saludar siempre – volvió a reírse- desde la calle – Todos empezaron a putearlo, pero ya la noticia se diluía y cada uno volvía a ser el que era.
La palabra festejar le quedó resonando en el silencio posterior al anuncio. Sabía qué era festejar para Oscar. Hacía rato que había dejado de sociabilizar con las personas, con su familia, con sus antiguos amigos. Tal vez ese era un tema que los acercaba. Para Oscar festejar era internarse en su departamento, con unas botellas de whisky, dos putas y  unos gramos de coca.
-           Todo en plural – le había dicho cuando charlando le contaba, hacía tiempo, en qué había terminado su relación con el resto de las personas– ¿Para qué el resto?, amigo mío,  ¿a esta altura de mi vida voy a estar levantando pendejas por ahí? Ya estoy viejo y cansado para la franela. Mi familia y mis viejos amigos intentaron por mil motivos y millones de vías juntarme con mujeres con doble apellido, con trabajos, con personas, con negocios, luego se cansaron y ahora tratan de tenerme lo suficientemente lejos como para vernos sólo los cumpleaños.  Tantas expectativas que al final al cansarme de defraudarlas termine por eliminarlas, opté por realidades a mi medida.
Un momento de silencio. Ya Humberto estaba puteando y subrayando, la carrera de caballos estaba por empezar. El café se estaba terminando.

-           Sé que a vos no te gusta ni vas va venir – sonrió entre dientes – pero hoy festejo a lo grande. Mañana venite, a la tarde, si queres y nos vamos a tomar algo por Corrientes o San Telmo, o lo que pinte. – Metió la mano en el bolsillo y sacó un juego de dos llaves – no sé si estaré despierto, tomá las llaves y venite directo a casa. Sí duermo, esperame leyendo algo, sino tomamos un aperitivo. 

Llegó de noche, la tarde no era para ninguno de los dos, ambos lo sabían. Llegó caminando, siempre que podía caminaba, lo suficiente para poder fumar un cigarrillo, para hacer una pausa, para meterle una coma a la vida para contemplar la vida de noche, y la noche como siempre le mostraba sus putas en pos de sus clientes, sus borrachos que se engañan pensando que el mañana tal vez fuese distinto, sus linyeras esperando por el paraíso que le prometieron, sus drogadictos que asumieron que su vida actual no iba a diferir de la futura. Todo junto, todo en la calle, siempre de noche.

El edificio tenía esa especie de arquitectura futurista, de ese futuro que se imaginaban en los setenta que rápidamente quedó arcaico, vetusto, sucio, ante una realidad que demostró ser distinta a la que se imaginaban.  Saludó al portero, que estaba fumando un cigarrillo en la puerta, era domingo, más que saludarlo no había mucho por hacer.

El ascensor de puerta manual y botonera aparatosa lo llevo al palier privado con  las paredes revestidas con  empapelado a rayas y una mesita. La puerta estaba entreabierta, entró.

La biblioteca cubría casi todas las paredes del amplio living excepto la fracción que mostraba unos estantes donde estaban las botellas de whisky y los vasos.  Encendió la luz y pudo ver que todo estaba algo desordenado, unos vasos con resto de whisky y dos copas de champagne, unos almohadones en el piso, la noche anterior pareció haber sido movida. Pero no se sentía cómodo,  la puerta abierta, la percepción de incomodidad, llamó a Oscar y no obtuvo respuesta.

Atravesó el living en diagonal, hasta la otra esquina donde empezaba el pasillo de distribución a las habitaciones. Prendió la luz  caminó hasta la habitación que estaba al final, la habitación principal, la puerta estaba entornada y se podía ver la luz del velador. Volvió a llamarlo sin respuesta.  Mientras caminaba, pudo ver en una de las habitaciones cajas apiladas sobre cajas

Al terminar de abrir la puerta se encontró con Oscar postrado desnudo en la cama inconsciente, una mano cerca de la mesa de luz donde tenía el teléfono, unos preservativos sin abrir y un espejo con restos de cocaína. La ropa de él en el piso al lado de una billetera vacía, no quedó rastro de las putas ni de dinero en la habitación. Se acercó y le tomó el pulso, todavía vivía. Retrocedió unos pasos para pensar,  al segundo agarró el teléfono y marcó el numero del SAME.

Colgó el teléfono prendió un cigarrillo y se sentó en el piso, lo miró a Oscar, la soledad y la indefensión se manifestaban en toda su magnitud. No podía permitir que lo encontraran así. Buscó en el placar algo de ropa y lo vistió, agarró el espejo que estaba sobre la mesa de luz y lo lavó, fue al living y ordenó las botellas de whisky y los vasos. Al volver entró en la habitación donde estaban las cajas. Encendió la luz, sobre una de las cajas estaba pegada una factura de una imprenta, mil libros impresos a nombre de Oscar por algunos miles de pesos. Agarro una copia y volvió a la habitación. Oscar estaba como lo había dejado, inconsciente, babeante, solo.

La tapa del libro tenía el titulo, Charlas de Locos, aspiró una bocanada de humo y se puso a hojearlo, leyó algunos párrafos.  Oscar a penas respiraba todo el resto era un silencio a penas interrumpido por el ruido de algún colectivo esporádico.  Al rato dejó el libro en el piso, pronto llegaría la ambulancia. Se levantó, lo miró a Oscar y salió del departamento. Ya en el palier del edificio se encontró con el encargado del edificio que estaba en la vereda, fumando, mirando lo que pasaba al rededor, igual que lo había encontrado cuando llegó. Una sirena se escuchaba, lejana. Le dejó las llaves explicándole que Oscar estaba mal y que la ambulancia estaba en camino, que les abriera.

Empezó a caminar y se perdió en la sombra de una bocacalle.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cigarrillos Vol 5


José era puto y carterista de profesión. Vivía en un dos ambientes muy bien ubicado, cerca de Plaza Italia, frente al Botánico, sobre Av. Santa Fe. Era esbelto, de facciones delicadas y angulosas, de mirada nerviosa y juvenil. Sabía controlar muy bien su ansiedad, el ansia nunca lo dominaba. Por lo que siendo su profesión cuestión de nervios era lo primero que debía controlar. A veces se preguntaba sí  hubiera tomado otras decisiones hubiera sido cirujano. Siempre tenía éxito matando ese tipo de preguntas.

Como todas las mañanas, se levantaba a las siete en punto, ponía el despertador unos minutos antes, solo para apagarlo y disfrutar estar recostado un tiempo. El trabajo necesita responsabilidad, disciplina. Se lo habían enseñado desde un inicio. Encendió el televisor y sintonizó el canal de dibujos animados, luego la radio y la ducha. Todo se mezclaba y llenaba los espacios vacios. Era otro día, y quedaba poco para el fin de semana, pensaba viajar, o descansar, a veces hacer turismo en Buenos Aires le despejaba la mente y le daba oportunidad de conocer a alguien, generalmente extranjero, sin compromisos y con fecha de vencimiento.

Salió al balcón con el toallón a la cintura a respirar aire fresco, anoche había dormido solo y hacerlo, cada tanto, lo reconfortaba. Miraba directamente al botánico. José amaba la belleza, lo estético llenaba su mente y los sentidos, el fin por sí mismo. Los detalles. Las copas de los arboles, la intuición de las plantas, los caminos de graba, toda la vista tenía sentido, tenía belleza. Antes que nada Dios creó al mundo, y en esa creación el equilibrio, la simetría hasta en su ausencia, los colores, todo tenía un porque estético. Decodificarlo era su pasión. Hacía tiempo que, también, había dejado de preguntarse porque la gente no podía verlo, porque no podían levantar la mirada.

Entró al departamento, ya desnudo empezó sus ejercicios de alongamiento, su trabajo necesitaba dedicación y un cuerpo que acompañe. Sabía hacer algo y se tenía que prepara, hacerlo bien. Era de lo poco que recordaba de su padre. Se dio cuenta de eso y se concentro en lo que tenía que hacer, ordenó el departamento, se puso la camisa, el traje, los zapatos, la corbata y se bajo al café de la esquina a desayunar.

Todas las mañanas desayunaba en el mismo lugar. Un café en una esquina con ventanales a la calle. Siempre se sentaba en el mismo lugar, lo suficientemente lejos de la cocina y cerca de la máquina de café. Ver la calle, el olor a tostadas y café llenaban sus sentidos. Y se puso a leer el diario, como siempre.

Su oficina era el subte, preferiblemente la línea D, en distintos momentos del día, siempre en cercano a las horas pico. De lunes a viernes.

La segunda clave para hacer eso bien, luego de la preparación física, era la observación. Había que verlos, mirar, medirlos a todos. Darse cuenta y reconocerlos. Estaba convencido que en todo hay un balance que desde algún lado equilibraba a todo y a todos ordenaba en un concierto de roles que se cumple como la ley de la gravedad. A través de la observación podía elegir la persona adecuada. Aquella que ese día no gozaba del equilibrio  

Poseía, además, buena memoria. Nunca robaba a la misma persona dos veces y luego de años de trabajar, tenía la capacidad de saber quien tenía y quien no una billetera llena en qué momento.

Un punto clave que le había enseñado era tener una salida siempre dispuesta, y ahí estaba el oficial de la estación Bulnes, con el que había tenido un romance hacía mucho. Con Esteban se habían amado, se habían odiado, se habían golpeado, se habían cogido, no recordaba haber tenido una relación tan disfuncional, tan emocional. Pero terminaron en buenos términos, Esteban siguió con su familia, cada tanto tomaban un café, y en caso de tener algún problema sabía que en esa estación tenía una vía de escape asegurada.

Algunas veces el equilibrio le faltaba a José para ganarse el pan del día o simplemente tenía que hacer tiempo en el café como esa mañana, y en ese tedio se distraía practicando, adivinando la vida de cada uno fijándose en detalles y en caras, configurándolos, armando parejas, viendo futuros que no eran los de él pero que tampoco le hubiese interesado tener.  Ese también era parte de su trabajo, conocer, intuir a las personas. Esa mañana estaba aquel rubio que nunca había dejado de ser adolecente, siempre se sentaba en la esquina norte del café, flaco, con pelo rebajado y traje que le quedaba bien, camisa perfectamente planchada. Pero incomodo. Se sentía solo y  pensaba en como terminar el día y salir de copas para poder pasar la noche con alguna mujer que, inocente, caiga en la apariencia y venda barato su corazón y su sexo. Estaba el de barba, nunca faltaba, aquel que todavía le quedaba algo de  la marca del anillo en la mano izquierda, ese anillo que desde hacía dos meses había desaparecido junto con su matrimonio. José, sostenía su medialuna delicadamente con la mano izquierda mientras hojeaba el diario con la derecha, se dio cuenta que faltaba alguien, y se preguntó que habría pasado con Cristina. Desde que la vio ebria aquella mañana no la volvió a ver ni por el café ni por el barrio.

Salió del café y caminó al subterráneo, lo bueno y lo malo de ser un trabajador independiente. La sensación de falta en su día le avivaron los recuerdos, luego un dejavu. Odiaba los dejavu, lo ponía en un lugar de incomodidad, de vértigo. Tendría que estar atento. Recordó a Horacio, cuando con su rostro afable se apiado del adolecente que vagaba desorientado, que tenía manos sutiles y que no tenía que comer. Un niño que de su casa se había ido sin retorno y sin destino.

Horacio le enseño el arte del carterista profesional, no el punguista de arrebato, también le enseño lo que significaba el primer amor. Lo recordaba con cariño, con ese fino bigote, con esa apariencia de gentleman. Siempre engominado, siempre de traje. La apariencia es casi todo, le decía, le enseño que si no aparentas ser ladrón la gente no espera que la robes, no se darán cuenta. Le enseño los trucos y sobre todo a estar alerta, atento, a esperar. Controlar sus ansias.

Subió a la formación de las ocho y treinta y cinco, estaba tranquilo, respiraba. Le había enseñado que cuando estuviera nervioso nunca se olvidara de respirar. Se miro las uñas, siempre pulcras. Horacio le dijo una vez que eran manos de pianista, que le iba a ir bien metiéndolas en carteras y bolsillos ajenos.

Perfecto, pensó, cuando vio que en el vagón había bastantes personas, no demasiadas para impedir su movimiento no pocas para quedar muy expuesto. Buscó la persona, un hombre, pudo ver que la billetera estaba en el bolsillo del saco. Hombre de traje, por el porte, el maletín y forma de mirar, claramente era un abogado.  Por las ojeras la última noche la pasó insomne

Esperar unas estaciones, calcular, pensar en qué estación pararía, si en tribunales o iría hasta el final. Pasó Callao, se acercó. Pasó tribunales y pensó que era mejor llegar a Diagonal y con las distintas combinaciones poder huir y desaparecer rápidamente entre la línea C o la A.

Llegando a la estación todo fue rápido, imprevisto, desbalanceado. Acercarse a la persona, con nervios afilados, mirada atenta, aprovechando el envión y la presión de la gente. Meter sutil la mano en el saco, y que otra mano lo detenga. Un grito de ladrón, todos dando vuelta la mirada. Sacó velozmente la billetera y salió corriendo, tenía que enganchar la línea C, y luego volver o salir, tenía que escapar. Salió corriendo por los pasillos mientras sentía los gritos detrás y los tacos de zapatos golpear el suelo. Puteo como siempre por lo resbaladizas que eran esas baldosas, luego volvió a concentrarse. Estaban cerca, él corría, transpiraba la camisa, dio vuelta, bajo escaleras, se golpeo contra una pared al no poder afianzar el paso. Seguían detrás, se escachaba el tumulto, los ruidos. Sintió el sonido del subte. Demasiado pronto, pensó. Tenía que llegar al otro andén. Aceleró el tranco, y cuando miró hacia atrás tropezó. Mucha gente, la puta estas baldosas de mierda, eso y Horacio fue lo último que pensó mientras se dio cuenta que el subte venía sobre él.

Una señora grito, al ver como un hombre de traje negro se tropezaba con otra persona y caía en las vías del subte, luego todos se horrorizaron al ver pasar el subte por sobre él. Ya nadie hablaba, sólo gritaban.

El mozo nuevo no estaba. Encendió un cigarrillo en la mesa de la vereda mientras disfrutaba de la mañana del sábado. Poca gente apurada, poca gente en autos, un pequeño sentimiento de soledad que llenaba de paz su alma. Lo llamó a Jose con la mano y a penas tomaron contacto visual ya sabía que tenía que traerle para el desayuno. Un café largo y una medialuna. Si las relaciones fueran tan fáciles, pensó mientras aspiraba el humo del cigarrillo.

Jose se acercó sin bandeja, con el café en una mano y el plato con la medialuna en la otra.

-          ¿Te enteraste? – preguntó mientras dejaba la tasa y el plato en la mesa.

-       Antes que nada unos buenos días Don Pepe, ¿de qué me tengo que enterar? – levantó la vista y un rayo de sol pasó por entre las hojas de los árboles dándole justo en el ojo. El temprano otoño no había empezado su limpieza, todavía habían hojas por caer.

-          Ayer vino el policía, José, el del subte a tomar un café y terminó tomando grapa, estaba descolocado, cuando le pregunte qué había pasado me dijo que Agustin, ese chico tan bien, que cada tanto se quedaba tomando un café con vos, murió.- Hizo una pausa, inspiro antes de seguir, tiempo suficiente para ver como el cigarrillo caía sobre la vereda. – corriendo se cayó en las vías del subte. Fue instantáneo.

Silencio, todo era silencio. Siempre le enseñaron a no llorar, para qué derrochar  lagrimas por lo que no tenía remedio, no hacía falta, llorar no era de hombres, llorar era algo superfluo. Y las lagrimas no salieron, como siempre, la angustia quedó donde tenía que quedar. Apuró el café, dejó la medialuna y el dinero. José hacia unos instantes que se había ido, hombre con sensibilidad y capacidad de entender, dejó al hombre solo cuando el hombre tiene que estar solo.

Empezó a caminar.

Encendió un cigarrillo, no entendía qué estaba pasando, Agustín, sí Agustín, ese hombre de rostro fino, aniñado, pulcro. Siempre de traje. Lo había conocido cuando intentó robarle la billetera. Lo descubrió y en vez de denunciarlo, algo en sus ojos lo llevaron a invitarle un café.

Se hicieron amigos, al principio le costó entenderlo gay, a Agustín le gustaba que le dijera puto. Él le enseñaba historia y matemáticas. Agustin devolvía la gentileza con caminatas por la ciudad en donde le hacía ver la belleza, de las cosas, de los jardines, de las personas, de los edificios. Los detalles. Una noche Agustin le dijo que lo quería, pero no como pareja, solamente lo quería. Le hizo comprender que la simetría, hasta en su ausencia es equilibrio. En esos momento lo recordaba tanto y tan cerca.

Caminó y a las cuadras trató de volver a ver las cosas con sus ojos, lo intentó con fuerza. Cerró los ojos y los volvió a abrir, en vano.

La ciudad había vuelto a ser lo que era antes de verla con otros ojos, sus ojos volvieron a ser lo que siempre fueron, un simple objeto que permitía observar una realidad fáctica y no la estética que todo lo envuelve y armoniza.

Y lloró, no solamente había perdido un amigo, había perdido sus ojos.

lunes, 13 de febrero de 2012

Cigarrillos Vol 4


 El techo de la parada de colectivos cumplía a medias su cometido, evitando que la lluvia les moje el torso no así las piernas. Diluviaba. Del impermable sacó el atado de cigarrillos, estaba sin abrir, con la uña y parsimonia estiro la cinta roja, saco la envoltura de plástico. Se preguntó de qué material era el envoltorio, ¿era Polipropileno? Movió la cabeza en forma negativa y volvió rápidamente al momento. Le dio un cigarrillo a ella, y se lo encendió, luego él, tapando siempre con las manos para que el viento no le apagara la llama. Le pasó la mano sobre el hombro y la trajo hacia sí hasta apretarla contra su pecho. A esa hora de la noche el colectivo iba a tardar.

 Pero todo siempre llega y también lo hizo el colectivo. Seguía lloviendo cuando la acompaño hasta la puerta, le dio un beso, fue corto, fue suficiente. Ella pagó el pasaje, y caminó por el pasillo hasta que se sentó en la mitad del colectivo, del lado de la ventana que daba a él, sólo para verlo caminar sin volver la mirada, perdiéndose entre las sombras de los faroles, la lluvia y la distancia. El pelo mojado le humedecía la espalda y una sonrisa dibujándose en la comisura derecha de sus labios.
Los perfumes le fueron siempre difíciles de olvidar, sobre todo el de ella. Hacía tiempo que no la veía y cuando entró al bar sólo al abrir la puerta la sintió, estiró la cabeza para ver donde estaba sentada. La vio de espaldas, al fondo, en un patio interior, sola. Se preguntó cómo su perfume podía impregnarse tanto en un lugar,  y caminó.

 No sabía que encontraría, pero ese aroma, frutal, profundo, le despertó recuerdos que tenía olvidados. Memoria de despedidas. Busco en su mente imágenes de las veces que se habían encontrado. No encontró nada de lo que buscaba, pero sí aquellos momentos en que se separaron.

 Ella había sido el único vínculo que buscó entre mundos, fue su puente hacia lo que pensaba perdido, sólo para transitarlo y darse cuenta que, efectivamente, estaba perdido. De aquella noche recordaba ver su espalda de violonchelo desnuda, sus hombros descubiertos, su pelo negro y sus ojos entre tristes y ausentes. En la mano izquierda un anillo que lo invalidaba todo. Cómo explicarle ahora que el fracaso que buscó y alcanzó fue su más grande éxito. El perfume se quedo en la habitación por días. Aunque no estaba, para él no se había ido.

 También recordó la vez en que salieron a tomar un café, todavía estudiante él, venían de meses de amor y desvaríos. La cafetería no difería de ninguna, mozos de guardapolvos blancos, mesas con revestimiento de formica color madera. Una televisión de fondo pasando noticieros. Estaba nublado. Ella, en medio de la charla, le prometió amor eterno buscando una respuesta. Él sólo atinó a prender un cigarrillo. Amor era una palabra que le costaba y le costó siempre pronunciar, se le atravesaba en la garganta hasta la asfixia.  El café lo endulzaba su perfume, y cuando ella se levantó de la mesa, se fue sin despedirse, volvió a ser lo amargo que siempre fue.

 Se acercaba a la mesa, sorteando sillas y mozos de traje negros y anotadores. Puteo contra los bares nuevos y sus meseros que tienen que anotar todo. Sonrio mientras caminaba, era un viejo cabrón. Esquivo a alguna persona y a medida que acercaba el perfume se hacía cada vez más próximo. Más vivido.

 Una tarde luego de varias idas y vueltas, de llamadas telefónicas y encuentros furtivos, llegó a su casa, se cambió la ropa del trabajo por sus mejores ropas, una campera de cuero, un jean nuevo y una camisa, quería impresionarla, decirle que podía demostrarle lo mucho que la quería y la capacidad de futuro, el potencial, que tenía. Que podía ser lo que ella esperaba de él. La llamo y antes que ella respondiera a su pregunta colgó y se salió corriendo. Tomó un taxi, llegó corriendo a tocar el timbre para que ella bajase. Se imaginó en una película en donde él la busca por entre la multitud y el final es siempre feliz. Tocó timbre. El palier era bronce y mármol, frio. Ella le dijo que bajaba y antes que saliera del edificio pudo intuir su aroma. Pero no hubo respuesta al amor, apenas un rostro circunscripto en la tristeza, de pena por él. El amor propio perdido apareció y dio media vuelta. Luego se enteró que ya estaba conviviendo con alguien, ¿Quién? A él ya no le importaba.

 Él para siempre era mucho tiempo, y se volvieron a ver, fue en la calle. Se cruzaron, se vieron, se hicieron los distraídos. Otra vez fue en un bar, ella de novia, el pasado de copas. Hubo una ultima vez que se encontraron, una llamada y se vieron, ella seguía de separación en separación, él de soledad en soledad. Y luego cada uno volvió a estar como estaba.

 Hacía años ya de eso.

 Pero un mensaje, un mail que llega de improvisto. Un llamado de quiero verte y el recuerdo de ese perfume, de aquellas noches, su espalda en forma de violonchelo, fueron más fuerte que su deseo de soledad. Recuerdos que, al fin de cuentas, lo llevan irresistiblemente a aceptar volver a encontrarse.
En su momento él había llegado a ser lo que ella necesitaba, pero lo había logrado sin ella. Ella fue lo que nunca quiso por más que se esforzaba en el éxito. Él busco volver a ser el que fracasaba para alcanzar la felicidad, para eso abandonó todo lo que tenía menos el recuerdo de ese perfume que buscó con locura, solo para ser rechazado. Fue el último puente que buscó.

 Ahora caminaba de nuevo hacia ella, cruzó la puerta de vidrio que daba al patio interno. Su cabello era el que recordaba, el perfume era aquel que lo excitaba. Cuando le toco el hombro, ella levantó la cabeza, sus negros ojos profundos, la boca al sonreír marcó dos hoyuelos en la comisura de los labios. La vida había hecho lo suyo, creía, pero no había dejado marcas. Luego él se miró al reflejo del ventanal que daba al bar, para él siempre hacía falta tener un eje de referencia y sí, la vida había sido más cruel con él, en lo físico al menos.

-          Hola Ana– Le dio un beso en la mejilla mientras se sentaba en frente. Aspiró su perfume, el tiempo hizo una pausa
-          Gracias por venir, necesitaba verte a vos.
 Se sentó, sacó el atado de cigarrillos y el encendedor solo para hacer algo de tiempo y los puso en silencio sobre la mesa. Del cigarrillo le fascinaba esa posibilidad de parsimonia, de poder interponer un momento previo a cada momento de su vida. Tenía la creencia que el tiempo que te da el cigarrillo luego te lo quita, cuidando el equilibrio. Vio que tenía un vaso de Gin Tonic, con una rodaja de lima. Levantó la mano llamando al mozo, luego de un rato éste asintió con la cabeza.
La mesa era de madera, una vela apagada en un cuenco de vidrio, un árbol en el patio interno que daba sombra, el calor no importaba. Se miraron, se estudiaron, se acercaron y sin mediar palabras, ambos se incorporaron de sus sillas y se besaron, él con su mano derecha la tomó la base de la nuca de ella, entrelazó sus dedos en el pelo negro y apretó un poco, necesitaba sentirla cerca, mas aun. El momento se interrumpió cuando sintieron al mozo entrar por puerta de vidrio.
-          ¿Qué cervezas tienen? –
-          Están en la carta – respondió dándole una tabla de madera con unas hojas abrochadas por tornillos y mariposas, y se quedo parado con la libretita. Qué lejos estaba del bar de Don Pepe donde no había que preguntar y nadie anotaba lo que se pedía.
-          Traeme una Duvel –
-          No nos queda, ya no nos quedan cervezas importadas –
-          Bueno una Heineken tirada, gracias – y volvió su mirada a Ana
 El mozo asintió, anotó en su libreta, y se fue a hacer el pedido en la barra mientras levantaba la mirada y se encontró con otro cliente que lo llamaba, asintió nuevamente con la cabeza y salió del patio interno.  Volvió al rato con la pinta de Heineken y una cazuela de maníes, para encontrarse con la misma postal que había dejado, un hombre y una mujer que se miraban como si no hubiera mañana, en silencio. El tiempo en ella era algo que no se podía definir, era el juego de sombras del patio o simplemente era así atemporal.  El cabello que caía recto sobre su espalda. El mozo frenó y, sacudiendo la cabeza, volvió al momento. Dejó la pinta y recibió un gracias casi inaudible.

-          Bueno, que hacemos? Porque me volviste a llamar?
-          Necesitaba verte por última vez. – siempre ella fue directa, hasta en las puñaladas en el corazón.
-          No recuerdo ya cuantas últimas veces tuvimos – sacó un cigarrillo del atado, se recostó sobre el respaldo de la silla, un haz de luz le pego justo en la retina mientras miraba a través de las hojas de los árboles. Lo encendió.
-          Mañana me voy del país, ya vendí todo y regale el resto – una vez más se le formó ese hueco que se le formaba en la comisura de los labios, le hizo recordar los huecos que se le formaba en la espalda, a la altura de la cintura. Y su espalda de violonchelo. – Luego de tanta vida, las furias han hecho de mi lo que quisieron. Me voy, acá, después de vos, no queda nada para mi.
Le iba a decir que se lo dijo, que se lo propuso, que se lo ofreció, todo eso que dicho en el momento equivocado y que valía tanto como la nada misma.
-          Quería decírtelo a vos, contártelo. Te acordas de Erik? – como no recordar al gordo inglés, todavía tenía en la imagen en la memoria de la vez que se los cruzo en un bar, y en  un momento terminaron teniendo sexo en el baño de mujeres mientras el gordo seguía charlando y tomando con otros turistas. Se les dibujo una sonrisa cómplice a los dos – Nunca me olvidó y quiere que me vaya a Londres a vivir con él, dije que sí. Si funciona bien, sino ya veré, pero lo que tengo muy claro es que no volveré.
-          Y entonces, ¿qué tengo que hacer acá?– puteo a sus adentros, en vez de cerveza tendría que haberse pedido un whisky, lo tanguera de la situación ameritaba algo distinto.
-          Quiero pasar mi último día en Buenos Aires con vos. Sos el ultimo recuerdo que quiero tener.
 No dudó mucho en aceptar la propuesta. También en él existía la necesidad de cerrar algo, algo que nunca terminó de acomodar en su vida. Su orgullo terminó por acomodar todo y aceptó.

 La idea de una tarde de película, de caminar, tomar un café en algún lugar de BsAs, charlar terminó rápidamente cuando llegaron a su departamento. Él llevaba una bolsa de supermercado chino lleno de quesos en una mano, bebidas no hacía falta siempre tenía la heladera llena de cervezas de todo tipo y la alacena de vinos.

 El resto del día lo pasaron en la cama, cada tanto alguno se levantaba para traer agua, cerveza  o algo para comer, la habitación olía a sexo y a su perfume. Él se perdía en la fragancia de su pelo, en verla salir de la cama y caminar desnuda a la cocina, su espalda. Cerraba los ojos y pensaba que la estaba jodiendo de nuevo, que se estaba rompiendo por dentro, una vez más.

 Empezó a llover, como siempre unas gotas primero, luego copiosamente. El aroma del asfalto mojado se fundía con el resto de los perfumes en una forma incontrolada. Se sentó, apoyo su espalda sobre las almohadas y encendió un cigarrillo.

 Ella apareció y se apoyo, laxa, sobre el marco de la puerta, lo miró con esos ojos de sorna que ponía cada vez que tenían sexo. Fue a sentarse a su lado, y le pidió una pitada.

-          Sabes que me tengo que ir, no?
-          Sí– aspiro el humo y sintió como el humo le llegaba la cabeza.
-          Bueno, empiezo a vestirme – le dio un beso y se levantó de la cama.
 Se vistieron en silencio. Él salió al balcón solo a respirar un poco de aire limpio. La lluvia todo lo purifica. Arrojó la colilla del cigarrillo a la calle. Había parado un poco, podían salir.

 El colectivo al final llegó, y ella se subió, la vio caminar por el pasillo antes de sentarse, pero no quiso verla más. Dio media vuelta y empezó el retorno. No sabía si la volvería a ver o no, no percibía si le importaba o no, no tenía certeza si había o no cerrado lo que tanto tiempo le llevó construir. Estaba como la primera vez. Se sentía un adolescente en una mala película de los ochentas.

-          Otra vez esta hija de puta me jodió – murmuró entre dientes.
 Prendió otro cigarrillo, no le importaba que se le mojara. Tenía ganas de purificarse la cabeza. Luego de dar la primera pitada, la sonrisa que tenía en su rostro devino en carcajada. El café de Pepe abría de madrugada.

viernes, 13 de enero de 2012

Cigarrillos Vol 3


Bajó la tapa del contenedor de basura, no había encontrado nada o lo que buscaba ya se lo había llevado otro. La historia de mi vida pensó.  Cuando levantó la vista pudo ver un hombre fumando, a pesar de la penumbra del atardecer pudo distinguir un rostro conocido.

-  ¿Como estas Pedro? – se había sacado el cigarrillo de la boca, no estaba seguro si ese pordiosero era Pedro Gutterman, lo había conocido gordo y prolijo. Pero debía ser él.
-   Por supuesto bien, la vida me sonríe – y se le escapo un carcajada, sonora, ebria, desdentada. No se había equivocado.
Estrecharon la mano, a Pedro le pareció un acto extraño, olvidado. El ánimo le dio un vuelco.

-     Te invito algo para comer, vamos a ese bar.-
-  Sabes que nunca digo que no a una comida gratis –  no lo sabía y tampoco lo recordaba pero había muchas cosas que había empezado a olvidar - No me van a dejar entrar-
-  Dejame a mi, que al gallego lo conozco

Pudieron sentarse en una mesa en la vereda, la más oscura, y le trajeron la carta. Un te invito y pedí lo que quieras terminó en milanesas con papas fritas y huevo frito y una botella de vino, el más caro.

-  Sabes hace cuanto que no tomo un vino más o menos normal? – bajaba la carta y se le podía ver los dedos y las uñas llenos de mugre.

Teniendo en cuenta que la última vez que lo había visto era un profesional clase media estándar, tenía esa panza de los oficinistas, era pálido del que trabaja de 9 a 19 y siempre estaba perfectamente afeitado. Nada de eso quedaba ya. Flaco, oscuro y con una barba rala, tenía edad indefinida para alguien que no lo conociera.

-   Me vas a preguntar qué pasó – la verdad era que no, que solo quería tirarle un plato de comida y perderlo  – Pero es simple, la jodí como nunca y cuando pensaba que mi suerte podía girar, siempre lo hacía en el sentido contrario.

La suerte era una palabra que siempre le resonaba por lo abstracta porque nunca terminaba de dilucidar si la vida era un desparpajo de causalidades o era el azar de un loco con tres dados.

Se había quedado cavilando en la penumbra entre reflexiones, prendió un cigarrillo. Se dio cuenta que hacía rato no le prestaba atención. Pero solo se había perdido la introducción, generalmente la parte menos interesante de un relato.

-  Y así empecé a joderla, Ramiro me dijo que era un negocio redondo, que en medio de la crisis lo que iba a dar mucha guita era la compra de papel a los cartoneros y su reventa – se miró las manos, sucias, levanto el vaso y apuró el trago para volver a servirse.

Pedro, de lo que recordaba, siempre había sido un tipo distinto a la media pero que podía encajar totalmente en el estándar de donde trabajara. Pero eso que lo hacía distinto lo dejaba siempre en el mismo lugar dentro de la empresa donde trabajaba. Era muy bueno en eso específico que hacía así que nadie quería que dejara de hacerlo, aunque pocos entendieran realmente qué era.

Y un día, Ramiro le trajo un negocio que necesitaba financiación, ese cuñado que uno tiene guardado en algún lugar y que aparece, y ese negocio iba de la mano de la crisis económica. Era el momento. Comprar papel a los pobres para reciclar. No podía fallar, eran dos cosas que abundaban en el país decía. Tardó en convencerse, pero su mujer y el hermano estaban seguros, con su trabajo no avanzarían nunca y la familia seguiría viviendo en la casa que construyeron en el fondo del patio de sus suegros.

Como la compañía necesitaba bajar personal pagaban por retiro y con ese retiro se fondeó. Alquiló un galpón y compró una prensa manual. Todo venía bien. Los pobres con sus carritos traían el papel, ellos lo prensaban y lo subían a camiones. A ese ritmo en poco tiempo podrían comprar una prensa hidráulica y cuadriplicar la capacidad de producción diaria.  Como siempre las historias de fracaso empiezan por una esperanza y un éxito momentáneo, como la morfina del enfermo terminal.

-                Me tenía que haber dado cuenta que esto no iba a funcionar, ningún buen negocio funciona con esos horarios de mierda – Uno encendió un cigarrillo, el otro tomó un largo sorbo de vino.

La madrugada era fría, el invierno empezaba a mostrar los dientes y la humedad abrazaba. Se imaginaba que el galpón había acumulado el frio de la noche anterior y aminoró el paso, no quería llegar, había empezado a cansarle, y no sabía qué lo agotaba más, si la prensa o  trabajar con pobres. Cavilaba y aminoraba el paso, ese día había algo que le restaba energía.

El portón del galpón se abrió como siempre, mezcla de destreza y fuerza, y mientras los goznes rechinaban y el olor a suciedad y humedad se apoderaba de sus sentidos vio en el fondo, colgado del reticulado que sostenía la chapa de zinc a Ramiro colgando del cuello, la prensa al lado, testigo inútil de lo que sucedió. De ahí a la nada es un pequeño empujón, y sucedió.

Mujer que pena por la muerte del hermano y acomoda su culpa sobre la espalda del marido que no lo cuidó lo suficiente, cerrar todo, ver que la investigación conducía a la nada y esperar que alguien que conocía lo vuelva a contratar a un trabajo de escritorio. Una mujer que todos los días pedía que hiciera algo.  Salir de la casa para volver sin nada. Un día salir y no volver por vergüenza, no lo sabía, tal vez por la autoestima que había perdido o por el valor que le faltó para encarar a su esposa y decirle que no soportaba más y que necesitaba otra cosa. Dudas que seguían en su estado natural.
        
      -          Estoy seguro que fue el Tano Gutierrez, ese hijo de puta no soportaba la competencia y que nosotros le pagáramos 5 centavos más por kilo de papel a los pobres – lo dijo como tratando de demostrar algo, un impulso, luego apuro el ultimo trago y cuando bajó la copa se miró los dedos sucios – y ahora yo también trabajo para él. Definitivamente no había oro detrás de ese arcoíris. – Ya no hubo risas.

Se levantó y se fue, sin decir gracias, sin volver la cara. Tomó el carrito a medio llenar de porquerías a reciclar, tomó aire y empezó a caminar.

El pobre camina, siempre camina, pensó y mientras miraba al cartonero doblar en la esquina encendió un cigarrillo.

-          José, me trae una cerveza, uno de crudo y queso en pan francés y la cuenta por favor? Gracias. – todavía tenía tiempo y no había comido nada.

Había pasado una semana, tal vez más, desde que tuvo su encuentro con Pedro, el cartonero, contándole su historia de éxitos, fracasos, cobardía, y  huida.  El día era soleado, fresco, era esa hora de la mañana cuando la ciudad se limpió de todas las inmundicias del día anterior, el cielo diáfano, sin smog y calles sin ruido. Momento mágico en donde los que volvían llegaban y los que iban salían.

Un buen momento para tomar un café, prender un cigarrillo y leer el diario. El bar estaba igual que siempre, mesas adentro, mesas afuera, José de guardapolvos mientras acomodaba todo hablaba con los proveedores y puteaba a alguno que no le había cumplido la orden. Una tele encendida con los noticieros, Lopez sacándole brillo a los vasos tratando de sacarle ese sarro de años. Todo igual. Se sentó afuera

 Ignacio, el mozo nuevo de la mañana se acercó a tomarle el pedido, se le notaba lo nuevo ya que no había nada nuevo que pedir, sería el mismo café largo de siempre, la medialuna y el diario.  

El cigarrillo iba por la mitad, estaba mirando la colilla humeante cuando detrás del humo algo le llamo la atención de la pantalla del televisor. Aparto el humo con un soplido.

-          Encuentran muerto a Juan Manuel “El Tano” Gutierres, empresario de la Basura – aparecía en el videograf – fue encontrado colgado en la fábrica de la familia en Bernal – y luego – La policía no descarta un ajuste de cuenta ya que además tenía una herida de bala en la pierna izquierda.

Lo primero que se preguntó fue el porqué del apodo, luego cayó en cuentas y recordó a  Pedro. Tal vez habría encontrado la valentía, esa que buscaba para solucionar su vida y que ahora le servía para quitar otra, pero no le había conocido ni antes ni después ese valor. Tomó el pocillo de café y respiró el aroma.

-          Informe de transito y estado de transporte – empezó el periodista de la televisión - Linea Roca, ramal eléctrico, con muchas demoras por accidente fatal, un suicidio a la altura de Bernal

Sí, ahora le cerraba, había sido Pedro que pudo encontrar el equilibrio entre la valentía de la venganza y la cobardía final

-          Nacho, ¿me traes la cuenta? Gracias-

Tenía ganas de sacarse la duda, pero mejor se iba al trabajo.  Dejó el dinero y la propina antes que Ignacio trajera el ticket, caminó una cuadra, respiro hondo y sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa.