lunes, 13 de febrero de 2012

Cigarrillos Vol 4


 El techo de la parada de colectivos cumplía a medias su cometido, evitando que la lluvia les moje el torso no así las piernas. Diluviaba. Del impermable sacó el atado de cigarrillos, estaba sin abrir, con la uña y parsimonia estiro la cinta roja, saco la envoltura de plástico. Se preguntó de qué material era el envoltorio, ¿era Polipropileno? Movió la cabeza en forma negativa y volvió rápidamente al momento. Le dio un cigarrillo a ella, y se lo encendió, luego él, tapando siempre con las manos para que el viento no le apagara la llama. Le pasó la mano sobre el hombro y la trajo hacia sí hasta apretarla contra su pecho. A esa hora de la noche el colectivo iba a tardar.

 Pero todo siempre llega y también lo hizo el colectivo. Seguía lloviendo cuando la acompaño hasta la puerta, le dio un beso, fue corto, fue suficiente. Ella pagó el pasaje, y caminó por el pasillo hasta que se sentó en la mitad del colectivo, del lado de la ventana que daba a él, sólo para verlo caminar sin volver la mirada, perdiéndose entre las sombras de los faroles, la lluvia y la distancia. El pelo mojado le humedecía la espalda y una sonrisa dibujándose en la comisura derecha de sus labios.
Los perfumes le fueron siempre difíciles de olvidar, sobre todo el de ella. Hacía tiempo que no la veía y cuando entró al bar sólo al abrir la puerta la sintió, estiró la cabeza para ver donde estaba sentada. La vio de espaldas, al fondo, en un patio interior, sola. Se preguntó cómo su perfume podía impregnarse tanto en un lugar,  y caminó.

 No sabía que encontraría, pero ese aroma, frutal, profundo, le despertó recuerdos que tenía olvidados. Memoria de despedidas. Busco en su mente imágenes de las veces que se habían encontrado. No encontró nada de lo que buscaba, pero sí aquellos momentos en que se separaron.

 Ella había sido el único vínculo que buscó entre mundos, fue su puente hacia lo que pensaba perdido, sólo para transitarlo y darse cuenta que, efectivamente, estaba perdido. De aquella noche recordaba ver su espalda de violonchelo desnuda, sus hombros descubiertos, su pelo negro y sus ojos entre tristes y ausentes. En la mano izquierda un anillo que lo invalidaba todo. Cómo explicarle ahora que el fracaso que buscó y alcanzó fue su más grande éxito. El perfume se quedo en la habitación por días. Aunque no estaba, para él no se había ido.

 También recordó la vez en que salieron a tomar un café, todavía estudiante él, venían de meses de amor y desvaríos. La cafetería no difería de ninguna, mozos de guardapolvos blancos, mesas con revestimiento de formica color madera. Una televisión de fondo pasando noticieros. Estaba nublado. Ella, en medio de la charla, le prometió amor eterno buscando una respuesta. Él sólo atinó a prender un cigarrillo. Amor era una palabra que le costaba y le costó siempre pronunciar, se le atravesaba en la garganta hasta la asfixia.  El café lo endulzaba su perfume, y cuando ella se levantó de la mesa, se fue sin despedirse, volvió a ser lo amargo que siempre fue.

 Se acercaba a la mesa, sorteando sillas y mozos de traje negros y anotadores. Puteo contra los bares nuevos y sus meseros que tienen que anotar todo. Sonrio mientras caminaba, era un viejo cabrón. Esquivo a alguna persona y a medida que acercaba el perfume se hacía cada vez más próximo. Más vivido.

 Una tarde luego de varias idas y vueltas, de llamadas telefónicas y encuentros furtivos, llegó a su casa, se cambió la ropa del trabajo por sus mejores ropas, una campera de cuero, un jean nuevo y una camisa, quería impresionarla, decirle que podía demostrarle lo mucho que la quería y la capacidad de futuro, el potencial, que tenía. Que podía ser lo que ella esperaba de él. La llamo y antes que ella respondiera a su pregunta colgó y se salió corriendo. Tomó un taxi, llegó corriendo a tocar el timbre para que ella bajase. Se imaginó en una película en donde él la busca por entre la multitud y el final es siempre feliz. Tocó timbre. El palier era bronce y mármol, frio. Ella le dijo que bajaba y antes que saliera del edificio pudo intuir su aroma. Pero no hubo respuesta al amor, apenas un rostro circunscripto en la tristeza, de pena por él. El amor propio perdido apareció y dio media vuelta. Luego se enteró que ya estaba conviviendo con alguien, ¿Quién? A él ya no le importaba.

 Él para siempre era mucho tiempo, y se volvieron a ver, fue en la calle. Se cruzaron, se vieron, se hicieron los distraídos. Otra vez fue en un bar, ella de novia, el pasado de copas. Hubo una ultima vez que se encontraron, una llamada y se vieron, ella seguía de separación en separación, él de soledad en soledad. Y luego cada uno volvió a estar como estaba.

 Hacía años ya de eso.

 Pero un mensaje, un mail que llega de improvisto. Un llamado de quiero verte y el recuerdo de ese perfume, de aquellas noches, su espalda en forma de violonchelo, fueron más fuerte que su deseo de soledad. Recuerdos que, al fin de cuentas, lo llevan irresistiblemente a aceptar volver a encontrarse.
En su momento él había llegado a ser lo que ella necesitaba, pero lo había logrado sin ella. Ella fue lo que nunca quiso por más que se esforzaba en el éxito. Él busco volver a ser el que fracasaba para alcanzar la felicidad, para eso abandonó todo lo que tenía menos el recuerdo de ese perfume que buscó con locura, solo para ser rechazado. Fue el último puente que buscó.

 Ahora caminaba de nuevo hacia ella, cruzó la puerta de vidrio que daba al patio interno. Su cabello era el que recordaba, el perfume era aquel que lo excitaba. Cuando le toco el hombro, ella levantó la cabeza, sus negros ojos profundos, la boca al sonreír marcó dos hoyuelos en la comisura de los labios. La vida había hecho lo suyo, creía, pero no había dejado marcas. Luego él se miró al reflejo del ventanal que daba al bar, para él siempre hacía falta tener un eje de referencia y sí, la vida había sido más cruel con él, en lo físico al menos.

-          Hola Ana– Le dio un beso en la mejilla mientras se sentaba en frente. Aspiró su perfume, el tiempo hizo una pausa
-          Gracias por venir, necesitaba verte a vos.
 Se sentó, sacó el atado de cigarrillos y el encendedor solo para hacer algo de tiempo y los puso en silencio sobre la mesa. Del cigarrillo le fascinaba esa posibilidad de parsimonia, de poder interponer un momento previo a cada momento de su vida. Tenía la creencia que el tiempo que te da el cigarrillo luego te lo quita, cuidando el equilibrio. Vio que tenía un vaso de Gin Tonic, con una rodaja de lima. Levantó la mano llamando al mozo, luego de un rato éste asintió con la cabeza.
La mesa era de madera, una vela apagada en un cuenco de vidrio, un árbol en el patio interno que daba sombra, el calor no importaba. Se miraron, se estudiaron, se acercaron y sin mediar palabras, ambos se incorporaron de sus sillas y se besaron, él con su mano derecha la tomó la base de la nuca de ella, entrelazó sus dedos en el pelo negro y apretó un poco, necesitaba sentirla cerca, mas aun. El momento se interrumpió cuando sintieron al mozo entrar por puerta de vidrio.
-          ¿Qué cervezas tienen? –
-          Están en la carta – respondió dándole una tabla de madera con unas hojas abrochadas por tornillos y mariposas, y se quedo parado con la libretita. Qué lejos estaba del bar de Don Pepe donde no había que preguntar y nadie anotaba lo que se pedía.
-          Traeme una Duvel –
-          No nos queda, ya no nos quedan cervezas importadas –
-          Bueno una Heineken tirada, gracias – y volvió su mirada a Ana
 El mozo asintió, anotó en su libreta, y se fue a hacer el pedido en la barra mientras levantaba la mirada y se encontró con otro cliente que lo llamaba, asintió nuevamente con la cabeza y salió del patio interno.  Volvió al rato con la pinta de Heineken y una cazuela de maníes, para encontrarse con la misma postal que había dejado, un hombre y una mujer que se miraban como si no hubiera mañana, en silencio. El tiempo en ella era algo que no se podía definir, era el juego de sombras del patio o simplemente era así atemporal.  El cabello que caía recto sobre su espalda. El mozo frenó y, sacudiendo la cabeza, volvió al momento. Dejó la pinta y recibió un gracias casi inaudible.

-          Bueno, que hacemos? Porque me volviste a llamar?
-          Necesitaba verte por última vez. – siempre ella fue directa, hasta en las puñaladas en el corazón.
-          No recuerdo ya cuantas últimas veces tuvimos – sacó un cigarrillo del atado, se recostó sobre el respaldo de la silla, un haz de luz le pego justo en la retina mientras miraba a través de las hojas de los árboles. Lo encendió.
-          Mañana me voy del país, ya vendí todo y regale el resto – una vez más se le formó ese hueco que se le formaba en la comisura de los labios, le hizo recordar los huecos que se le formaba en la espalda, a la altura de la cintura. Y su espalda de violonchelo. – Luego de tanta vida, las furias han hecho de mi lo que quisieron. Me voy, acá, después de vos, no queda nada para mi.
Le iba a decir que se lo dijo, que se lo propuso, que se lo ofreció, todo eso que dicho en el momento equivocado y que valía tanto como la nada misma.
-          Quería decírtelo a vos, contártelo. Te acordas de Erik? – como no recordar al gordo inglés, todavía tenía en la imagen en la memoria de la vez que se los cruzo en un bar, y en  un momento terminaron teniendo sexo en el baño de mujeres mientras el gordo seguía charlando y tomando con otros turistas. Se les dibujo una sonrisa cómplice a los dos – Nunca me olvidó y quiere que me vaya a Londres a vivir con él, dije que sí. Si funciona bien, sino ya veré, pero lo que tengo muy claro es que no volveré.
-          Y entonces, ¿qué tengo que hacer acá?– puteo a sus adentros, en vez de cerveza tendría que haberse pedido un whisky, lo tanguera de la situación ameritaba algo distinto.
-          Quiero pasar mi último día en Buenos Aires con vos. Sos el ultimo recuerdo que quiero tener.
 No dudó mucho en aceptar la propuesta. También en él existía la necesidad de cerrar algo, algo que nunca terminó de acomodar en su vida. Su orgullo terminó por acomodar todo y aceptó.

 La idea de una tarde de película, de caminar, tomar un café en algún lugar de BsAs, charlar terminó rápidamente cuando llegaron a su departamento. Él llevaba una bolsa de supermercado chino lleno de quesos en una mano, bebidas no hacía falta siempre tenía la heladera llena de cervezas de todo tipo y la alacena de vinos.

 El resto del día lo pasaron en la cama, cada tanto alguno se levantaba para traer agua, cerveza  o algo para comer, la habitación olía a sexo y a su perfume. Él se perdía en la fragancia de su pelo, en verla salir de la cama y caminar desnuda a la cocina, su espalda. Cerraba los ojos y pensaba que la estaba jodiendo de nuevo, que se estaba rompiendo por dentro, una vez más.

 Empezó a llover, como siempre unas gotas primero, luego copiosamente. El aroma del asfalto mojado se fundía con el resto de los perfumes en una forma incontrolada. Se sentó, apoyo su espalda sobre las almohadas y encendió un cigarrillo.

 Ella apareció y se apoyo, laxa, sobre el marco de la puerta, lo miró con esos ojos de sorna que ponía cada vez que tenían sexo. Fue a sentarse a su lado, y le pidió una pitada.

-          Sabes que me tengo que ir, no?
-          Sí– aspiro el humo y sintió como el humo le llegaba la cabeza.
-          Bueno, empiezo a vestirme – le dio un beso y se levantó de la cama.
 Se vistieron en silencio. Él salió al balcón solo a respirar un poco de aire limpio. La lluvia todo lo purifica. Arrojó la colilla del cigarrillo a la calle. Había parado un poco, podían salir.

 El colectivo al final llegó, y ella se subió, la vio caminar por el pasillo antes de sentarse, pero no quiso verla más. Dio media vuelta y empezó el retorno. No sabía si la volvería a ver o no, no percibía si le importaba o no, no tenía certeza si había o no cerrado lo que tanto tiempo le llevó construir. Estaba como la primera vez. Se sentía un adolescente en una mala película de los ochentas.

-          Otra vez esta hija de puta me jodió – murmuró entre dientes.
 Prendió otro cigarrillo, no le importaba que se le mojara. Tenía ganas de purificarse la cabeza. Luego de dar la primera pitada, la sonrisa que tenía en su rostro devino en carcajada. El café de Pepe abría de madrugada.

2 comentarios:

  1. Alguien me dijo una vez:

    'si no te puede mentir amor eterno, no te quiere ni un poco'.

    Y en eso andaba ella, prometiendo amor eterno y finales abiertos.

    Me encantó.

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  2. Muy buen relato. Si ella fue su único vínculo para transitar los mundos....o se la saca de la cabeza..........o la espera en Ezeiza para que lo vuelva a dejar.
    Saludos.

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